Amén
Primer Día
Hacía casi un año que Sally había ingresado en aquel convento. Todavía era una novicia pero se acercaba el día en el que ella y sus compañeras deberían pronunciar los votos definitivos. Durante todo aquel año no habían recibido ninguna visita; sin embargo por motivo de su ceremonia de pronunciación habían tenido que adecentar el edificio de reuniones, situado a un kilómetro de los dormitorios de las novicias a través de un camino de tierra que cruzaba el bosque. El padre Wilson, prior de Westminster, sería el encargado de tomarles los votos a ella y a las otras dos novicias del convento. Era el prior más joven que se recordaba, con solo veinticinco años.
Sally, Mary y Alanah estaban bastante nerviosas por la ceremonia. Habían fregado, barrido, cosido y lavado todo lo que había en aquel edificio que permanecía deshabitado durante años. Sus hábitos blancos estaba sucios de polvo y tenían telarañas pegadas en cada pliegue. El pelo les asomaba bajo la cofia irreverentemente, permitiendo distinguir el color de sus melenas. Sally era rubia, al igual que Alanah y Mary tenía una sedoso cabello negro.
El prior Wilson llego poco después de maitines. Su pelo era de un negro apagado que le hacía parecer mayor de lo que era. Algo en su expresión hizo que Sally temblase de pies a cabeza, su sonrisa era jovial e irrespetuosa y su mirada era viva; rebosaba energía. Cuando apoyo su mano grande y fuerte en su cabeza y le dio su bendición su voz la hizo estremecerse de nuevo. Mary y Alanah parecían igual de turbadas durante la ceremonia, que duró hasta el anochecer.
El bosque era peligroso por la noche así que la monjas se quedaron a dormir en aquel pabellón, en una gran sala justo en el lado opuesto del pasillo dónde se encontraba la habitación del prior. Durante la noche Sally durmió agitada, a media noche se despertó bañada en sudor y pudo escuchar cómo unos aullidos ahogados se colaban por la ventana. Los lobos ya estaban llegando a aquella parte del bosque.
Segundo Día
Cuando entraron en el comedor para desayunar no daban crédito a lo que veían. La joven hermana Alanah estaba tendida sobre la mesa, completamente desnuda. Su cuello tenía unas marcas violaceas, resultaba evidente que había sido estrangulada. Lo más extraño era su expresión, casi feliz, casi perversa, casi pasional.
Enterraron el cadáver de inmediato, el prior oficio la misa de los difuntos. Aquella noche volvieron a pasarla en el mimo pabellón, pero ninguna podía dormir. Sally estaba aterrada, sabían que había un asesino en la casa, podría ser cualquiera de los acompañantes del prior, o cualquiera de las hermanas que se hubiera trastornado. El miedo era tan grande que Sally no se atrevía a salir al patio para ir al retrete. Sin embargo no tardo en darse cuenta de que si no iba terminaría explotando.
Salió al patio y contemplo durante un segundo el cielo negro plagado de estrellas. Corrió lo más deprisa que pudo y se encerró en el excusado. Mientras intentaba darse prisa escuchó un ruido en el exterior y se puso pálida de terror. Abrió la puerta con cuidado, pero no vio nada. Andando lo más deprisa que podía se dirigió de nuevo al pabellón. Sin embargo, a mitad de camino tropezó con algo y estuvo a punto de caer de bruces al suelo. Cuando miró hacia abajo vio el cuerpo inerte del prior Wilson. Estaba desnudo y todavía caliente. Su miembro aún presentaba signos de una erección reciente. Aquella visión hizo que Sally se pusiera colorada.
De pronto una mano se apoyó en el hombro de la joven monja, que dio un pequeño brinco y dejó escapar un grito ahogado. Sin embargo su semblante se relajo cuando vio la cara de Mary iluminada por la luna. Ambas contemplaban el cuerpo del prior. Sally apenas podía moverse a causa del miedo y temblaba visiblemente.
- Tranquila Sally – Mary hablaba en susurros al oído de su compañera, sus labios gruesos y rosados casi rozaban su oreja izquierda – no te pasara nada malo.
- Mary...Mary – Sally no sabía que decir, las palabras parecían evitarla.
Los lobos comenzaron aullar en el cercano bosque mientras Mary acariciaba el cuerpo de Sally, su cabello negro se mezclaba con la melena rubia de su compañera y solamente un camisón de hilo separaba la piel de una de la otra. Los labios de Mary comenzaron a besar dulcemente el cuello de Sally mientras hacía deslizar sus camisones hasta el suelo. Ambas eran jóvenes y tenían las formas bien definidas.
- Mary ¿qué haces? – Sally respiraba entrecortadamente – Mary, los lobos...los aullidos...
- Si, los aullidos Sally...¿no te parecen excitantes? Yo cierro los ojos y pienso que se trata de un grupo de gente gritando de placer mientras se tocan y se funden en una orgía salvaje. Aúllan igual que Alanah la otra noche ¿no la escuchaste gritar y gemir? – Sally recordó con terror la noche anterior, cuando se había despertado creyendo escuchar a los lobos.
Pero era demasiado tarde para resistirse, Mary la había tendido en el suelo y se había sentado sobre su pierna, colocando la de ella entre las piernas de Sally. La negra melena de la joven monja se agitaba débilmente cada vez que se deslizaba de arriba hacia abajo y Sally no podía contener sus gemidos. Aquella sensación, aquel hormigueo en la entrepierna, la presión de las manos de Mary en su cuello...estaba a punto de volverse loca. No pudo evitar gritar de placer mientras un río de humedad escapaba de su intimidad al mismo tiempo que le abandonaba la vida con el último suspiro...
Hacía casi un año que Sally había ingresado en aquel convento. Todavía era una novicia pero se acercaba el día en el que ella y sus compañeras deberían pronunciar los votos definitivos. Durante todo aquel año no habían recibido ninguna visita; sin embargo por motivo de su ceremonia de pronunciación habían tenido que adecentar el edificio de reuniones, situado a un kilómetro de los dormitorios de las novicias a través de un camino de tierra que cruzaba el bosque. El padre Wilson, prior de Westminster, sería el encargado de tomarles los votos a ella y a las otras dos novicias del convento. Era el prior más joven que se recordaba, con solo veinticinco años.
Sally, Mary y Alanah estaban bastante nerviosas por la ceremonia. Habían fregado, barrido, cosido y lavado todo lo que había en aquel edificio que permanecía deshabitado durante años. Sus hábitos blancos estaba sucios de polvo y tenían telarañas pegadas en cada pliegue. El pelo les asomaba bajo la cofia irreverentemente, permitiendo distinguir el color de sus melenas. Sally era rubia, al igual que Alanah y Mary tenía una sedoso cabello negro.
El prior Wilson llego poco después de maitines. Su pelo era de un negro apagado que le hacía parecer mayor de lo que era. Algo en su expresión hizo que Sally temblase de pies a cabeza, su sonrisa era jovial e irrespetuosa y su mirada era viva; rebosaba energía. Cuando apoyo su mano grande y fuerte en su cabeza y le dio su bendición su voz la hizo estremecerse de nuevo. Mary y Alanah parecían igual de turbadas durante la ceremonia, que duró hasta el anochecer.
El bosque era peligroso por la noche así que la monjas se quedaron a dormir en aquel pabellón, en una gran sala justo en el lado opuesto del pasillo dónde se encontraba la habitación del prior. Durante la noche Sally durmió agitada, a media noche se despertó bañada en sudor y pudo escuchar cómo unos aullidos ahogados se colaban por la ventana. Los lobos ya estaban llegando a aquella parte del bosque.
Segundo Día
Cuando entraron en el comedor para desayunar no daban crédito a lo que veían. La joven hermana Alanah estaba tendida sobre la mesa, completamente desnuda. Su cuello tenía unas marcas violaceas, resultaba evidente que había sido estrangulada. Lo más extraño era su expresión, casi feliz, casi perversa, casi pasional.
Enterraron el cadáver de inmediato, el prior oficio la misa de los difuntos. Aquella noche volvieron a pasarla en el mimo pabellón, pero ninguna podía dormir. Sally estaba aterrada, sabían que había un asesino en la casa, podría ser cualquiera de los acompañantes del prior, o cualquiera de las hermanas que se hubiera trastornado. El miedo era tan grande que Sally no se atrevía a salir al patio para ir al retrete. Sin embargo no tardo en darse cuenta de que si no iba terminaría explotando.
Salió al patio y contemplo durante un segundo el cielo negro plagado de estrellas. Corrió lo más deprisa que pudo y se encerró en el excusado. Mientras intentaba darse prisa escuchó un ruido en el exterior y se puso pálida de terror. Abrió la puerta con cuidado, pero no vio nada. Andando lo más deprisa que podía se dirigió de nuevo al pabellón. Sin embargo, a mitad de camino tropezó con algo y estuvo a punto de caer de bruces al suelo. Cuando miró hacia abajo vio el cuerpo inerte del prior Wilson. Estaba desnudo y todavía caliente. Su miembro aún presentaba signos de una erección reciente. Aquella visión hizo que Sally se pusiera colorada.
De pronto una mano se apoyó en el hombro de la joven monja, que dio un pequeño brinco y dejó escapar un grito ahogado. Sin embargo su semblante se relajo cuando vio la cara de Mary iluminada por la luna. Ambas contemplaban el cuerpo del prior. Sally apenas podía moverse a causa del miedo y temblaba visiblemente.
- Tranquila Sally – Mary hablaba en susurros al oído de su compañera, sus labios gruesos y rosados casi rozaban su oreja izquierda – no te pasara nada malo.
- Mary...Mary – Sally no sabía que decir, las palabras parecían evitarla.
Los lobos comenzaron aullar en el cercano bosque mientras Mary acariciaba el cuerpo de Sally, su cabello negro se mezclaba con la melena rubia de su compañera y solamente un camisón de hilo separaba la piel de una de la otra. Los labios de Mary comenzaron a besar dulcemente el cuello de Sally mientras hacía deslizar sus camisones hasta el suelo. Ambas eran jóvenes y tenían las formas bien definidas.
- Mary ¿qué haces? – Sally respiraba entrecortadamente – Mary, los lobos...los aullidos...
- Si, los aullidos Sally...¿no te parecen excitantes? Yo cierro los ojos y pienso que se trata de un grupo de gente gritando de placer mientras se tocan y se funden en una orgía salvaje. Aúllan igual que Alanah la otra noche ¿no la escuchaste gritar y gemir? – Sally recordó con terror la noche anterior, cuando se había despertado creyendo escuchar a los lobos.
Pero era demasiado tarde para resistirse, Mary la había tendido en el suelo y se había sentado sobre su pierna, colocando la de ella entre las piernas de Sally. La negra melena de la joven monja se agitaba débilmente cada vez que se deslizaba de arriba hacia abajo y Sally no podía contener sus gemidos. Aquella sensación, aquel hormigueo en la entrepierna, la presión de las manos de Mary en su cuello...estaba a punto de volverse loca. No pudo evitar gritar de placer mientras un río de humedad escapaba de su intimidad al mismo tiempo que le abandonaba la vida con el último suspiro...
